¿Estamos entendiendo mal la creatividad?

Durante mucho tiempo pensamos que la creatividad era una cualidad especial, algo que algunas personas tenían y otras no. Una especie de talento difícil de explicar, casi innato, que diferenciaba a unos pocos del resto. John Cleese (actor, escritor y miembro de Monty Python) lo planteaba de otra forma en su charla Creativity in Management (1991): la creatividad no es un talento, sino una forma de operar. Explicar cómo ser creativo es fácil, decía, pero ser creativo es difícil, porque requiere entrar en un estado particular, un “open mode”, donde la mente está abierta, relajada y disponible para explorar.

Hace años he planteado algo distinto. Que lo que nos diferencia de los animales no es la inteligencia, sino la creatividad. Y hoy, con la inteligencia artificial, esa idea se vuelve aún más evidente. Porque la inteligencia nunca ha sido un atributo exclusivamente humano, aunque a veces nos guste pensarlo. Hoy existen sistemas capaces de escribir, analizar, programar y responder con niveles de precisión que antes considerábamos exclusivamente humanos. Pero la creatividad —entendida no como imaginación pura, sino como la capacidad de conectar ideas y darles sentido— sigue operando en otro plano.

Mi impresión es que el ser humano no aprende a ser creativo, sino que nace siéndolo. Todos nacen con imaginación, con la capacidad de jugar, de conectar ideas, de inventar. Lo que cambia no es esa capacidad inicial, sino lo que ocurre después. La creatividad no desaparece de golpe, se va filtrando en pequeños momentos. Como cuando eres chico, cuentas un chiste y nadie se ríe. Por bueno que haya sido, empiezas a dudar. Pero si alguien se ríe, ocurre lo contrario: empiezas a creer que eres creativo. En ese tipo de experiencias se construye algo más profundo que una habilidad: se construye una identidad. Y esa identidad puede reforzarse o inhibirse con el tiempo, no por falta de talento, sino por falta de contexto, validación o educación.

Durante años, el problema parecía ser cómo ser más creativos. Hoy el problema es distinto. Hoy estamos rodeados de creatividad. Herramientas de inteligencia artificial permiten generar imágenes, textos, ideas y conceptos en cuestión de segundos. Lo que antes requería tiempo, técnica y experiencia, hoy está disponible para cualquiera. La creatividad dejó de ser escasa y se volvió abundante. Y cuando algo deja de ser escaso, deja de ser el diferencial.

Eso cambia completamente la pregunta. Ya no se trata de cómo generar ideas, sino de qué hacer con ellas.

Aquí es donde la idea de Cleese se vuelve aún más relevante, pero también incompleta si no se lleva un paso más allá. Él hablaba de dos modos: el “open mode”, donde ocurre la creatividad, y el “closed mode”, donde se toman decisiones y se ejecuta. Durante mucho tiempo, el desafío estaba en acceder al open mode, en poder entrar en ese estado de exploración. Pero hoy el problema no es entrar, es salir.

El verdadero valor no está en quedarse en uno de los dos modos. No en ser alguien que vive permanentemente en el open mode, generando ideas sin concretarlas, ni en ser alguien que permanece siempre en el closed mode, ejecutando sin cuestionar. El verdadero acto creativo está en la capacidad de moverse entre ambos. En poder estar en un momento completamente abierto, conectando ideas y explorando posibilidades, y al siguiente segundo cerrar, decidir y ejecutar. Ese cambio de estado, rápido, consciente y controlado, es lo que define a una persona creativa.

No es quien tiene más ideas, sino quien sabe cuándo abrir y cuándo cerrar.

Este tipo de creatividad no es nueva, pero hoy se hace más visible. Se puede ver en figuras que operaban precisamente en esa tensión entre exploración y decisión. En el trabajo de Salvador Dalí, donde la imaginación aparentemente caótica estaba sostenida por una construcción rigurosa. En David Bowie, que fue capaz de reinventarse constantemente, conectando arte, música, identidad y cultura en distintos momentos. O en Damien Hirst, donde la provocación conceptual y la ejecución estratégica conviven en una misma obra.

Esa misma lógica aparece en disciplinas donde el tiempo y el criterio son esenciales. En el trabajo de Ricky Gervais, por ejemplo, especialmente en sus especiales Armageddon y Mortality, la creatividad no está solo en el contenido, sino en la forma en que conecta ideas incómodas con precisión, moviéndose constantemente entre exploración y cierre. Algo similar ocurre con Jerry Seinfeld, cuya capacidad de observar lo cotidiano y transformarlo en algo significativo no depende de una ocurrencia aislada, sino de una forma de mirar y decidir. Y en formatos más actuales, como el trabajo de Jimmy Fallon, esta lógica aparece en tiempo real, combinando entretenimiento, timing y lectura cultural en un mismo flujo.

En todos estos casos, la creatividad no está en tener más ideas, sino en saber cómo conectarlas y cuándo ejecutarlas.

Porque en un entorno donde todo se puede generar, el problema ya no es la falta de ideas, sino el exceso. Y en ese exceso, la creatividad deja de estar en la generación y se desplaza hacia otro lugar: hacia la capacidad de conectar, de elegir y de sostener un criterio en medio de infinitas posibilidades.

La inteligencia artificial no elimina la creatividad, la expone. Hace evidente algo que antes estaba oculto: que la creatividad nunca fue solo generar, siempre fue elegir. Y en un mundo donde todos pueden generar, la diferencia no está en quién tiene más ideas, sino en quién entiende cuáles tienen sentido.

Porque al final, crear no es abrir infinitamente. Es cerrar correctamente. Y quizás, en ese proceso, volver a algo más simple: volver a creer que somos creativos. No porque alguien nos lo diga, sino porque volvemos a confiar en nuestra capacidad de conectar, decidir y movernos entre ambos estados.

Porque la creatividad no es un estado.

Es una dinámica. Y se puede enseñar o recuperar.

Este video marcó un punto de partida en cómo entiendo la creatividad.

Se los dejo para cualquier creativo (todos lo somos) que quiera verlo y sacar sus propias conclusiones.