¿Dónde termina lo real y empieza lo virtual?

Texto original basado en la serie “Límites Difusos”

Durante mucho tiempo, la imagen fue entendida como un registro. Una forma de capturar la realidad tal como era. La fotografía, en particular, funcionaba como evidencia: una prueba de que algo ocurrió, de que ese momento existió.

Pero esa relación comenzó a cambiar.

En esta serie, el proceso parte desde lo analógico. Una cámara Yashica Mat de los años 70, fotografía en formato medio, un ritmo más lento. Capturar, revelar, escanear. Hay una pausa deliberada, casi una resistencia frente a la velocidad del mundo digital.

Sin embargo, ese no es el punto final. Es el punto de partida.

Una vez digitalizadas, las imágenes son intervenidas. Los cielos ya no son capturados, son reconstruidos mediante inteligencia artificial. Reinterpretados. Alterados. Y en ese gesto aparece una pregunta inevitable: si la imagen cambia, ¿qué pasa con la realidad que representa?

El resultado son paisajes que no pertenecen completamente a un lugar. Oscilan entre lo registrado y lo imaginado, entre lo conocido y lo posible. No son falsos, pero tampoco son completamente reales. Habitan un espacio intermedio.


 

Hoy, esa pregunta dejó de ser artística. Se volvió estructural.

Durante décadas asumimos que ver era entender, que una imagen representaba algo verificable. Pero en un contexto donde las imágenes pueden ser generadas, modificadas y reconstruidas con precisión creciente, esa relación se rompe. La imagen deja de ser evidencia y pasa a ser construcción.

Este cambio no apareció de golpe. Se fue insinuando.

En Dreams (1990), Akira Kurosawa construye paisajes que no buscan representar la realidad, sino expandirla. Escenarios que se sienten reales, pero que operan bajo otra lógica. No importa si ocurrieron, importa cómo se perciben.

Más adelante, artistas como Refik Anadol comienzan a trabajar con datos, algoritmos y memoria digital para construir imágenes que no existen previamente. No interpretan la realidad: la generan. Sus obras hacen visible un sistema invisible.

Algo similar ocurre en el trabajo de Takashi Murakami, donde los límites entre arte, industria y cultura popular se diluyen. La imagen deja de pertenecer a un solo contexto y comienza a circular entre múltiples sistemas.

Pero donde este cambio se vuelve más evidente es en la experiencia directa. Recuerdo la primera vez que me enfrenté a una obra de Rafael Lozano-Hemmer en una galería del barrio Roma, en México. Poner las manos para activar pulsos de luz, interactuar con imágenes que respondían al cuerpo. La obra no estaba terminada hasta que uno participaba. La imagen ya no era algo que se observa. Era algo que ocurre.

Lo mismo pasa en instalaciones como las de James Turrell, donde la luz deja de iluminar para convertirse en materia. Espacios donde la percepción se desorienta y uno deja de confiar en lo que ve. Tener la posibilidad de experimentarlas sin gente hace evidente algo: la realidad no es tan estable como creemos.

Hoy, experiencias como las de teamLab llevan esto aún más lejos. Espacios inmersivos donde la imagen reacciona y se transforma en tiempo real. No hay una obra fija. Todo está en movimiento.

Este mismo principio comienza a aparecer fuera del arte.

Empresas como NVIDIA están construyendo la infraestructura sobre la cual estas nuevas realidades pueden existir. Sus GPUs, originalmente pensadas para gráficos, se han convertido en el motor de la inteligencia artificial. Modelos que generan imágenes, simulaciones físicas, entornos virtuales: todo corre sobre esa capa.

Pero lo más interesante no es el hardware. Es lo que permite.

Plataformas como Omniverse buscan simular mundos completos con precisión física en tiempo real. Ciudades, fábricas, sistemas complejos que pueden ser diseñados, probados y modificados antes de existir.

La realidad deja de ser algo que se observa después. Pasa a ser algo que se modela antes.

Los números muestran la magnitud del cambio. En 2024, NVIDIA superó los 60 mil millones de dólares en ingresos anuales, impulsada principalmente por la demanda de infraestructura para inteligencia artificial. Más que una empresa de tecnología, se convirtió en una pieza central del nuevo ecosistema.

No venden solo procesamiento. Venden la capacidad de construir, simular y anticipar realidades.

Y eso redefine la pregunta inicial. Si la realidad puede ser generada, simulada y modificada antes de existir, entonces deja de ser un punto fijo.

Se convierte en un proceso. La inteligencia artificial acelera esto aún más. Ya no se trata solo de editar o intervenir. Se trata de generar sin origen directo. Sin evento inicial. Sin referencia obligatoria.

Y en ese contexto, la percepción deja de ser suficiente. La distinción entre real y falso pierde fuerza. Lo relevante pasa a ser otra cosa: entender cómo se construye lo que estamos viendo.

Quién lo construye.
Con qué intención.
Bajo qué sistema.

Lo que antes era una exploración artística hoy es una condición general. La realidad dejó de ser estable. Se transformó en un territorio en construcción.

Y en ese territorio, la ventaja no está en quien observa. Está en quien entiende el sistema que la produce.